Maltrato (Número 280)

Y, con un terrible dolor

cerca de mi corazón,

con la candela de mi extrasístole,

tú me tratas así,

tu quimera envenena mi alma,

no sonríes en mi pecho,

misterioso anagrama tu mala fe,

se atraganta en mi garganta.

Y me da la muerte sitiada,

sin ninguna prueba de

supervivencia.

Si no cesa tu maltrato

mi pensamiento no vuela,

se topa con el infortunio de la vida,

con el retazo de la desgracia,

con mi muerte psicológica.

Y, ante tu manipulación, yo estallo

convertida en trocitos, colgajos.

Mi amargura (Número 243)

Y tus problemas

ya no me cuentas,

la solución hallas

en otra cama que te calienta,

sólo me quieres

en tu soledad,

tu segundo plato,

nunca me amarás,

sin duda,

el viento de tu veleta

en otra dirección, siempre

y, la copa de mi alma,

en manos de una enfermera,

en busca de una sutura,

de heridas,

antiguas y nuevas

que me llevan a la sepultura.

Velozmente hacia ella voy,

quizás un choque con una

buena estrella me salve

de la locura.

Montones de tu desamor

encima de mí

que son mi amargura.

Sin vivir (Número 240)

Y, con tu indiferencia,

dolorosa para mis átomos,

me punzas el corazón

y, un clavo ardiendo,

mata la sonrisa de mi alma.

Y me dejas mustia, perdida.

Y me muestro equivocada,

con el mayor

dolor de mi vida,

con este sin vivir a tu vera

y, con miles de liturgias,

por cumplir.

Y me hundes,

con tu indiferencia,

en un bálsamo de penas,

atrozmente, ahogada,

sin supervivencia.

Frío (Número 234)

La mayor de las penas

hoy, en mi alma.

Me siento mal, todo,

por un vuelco atrás,

en este sortilegio

de nuestro romance.

Nuestros besos muertos,

con el frío de un cadáver,

“algor mortis” (frío de

muerte),

sin sangre, sin sudor,

con lágrimas de desamor,

destrozos de la pasión.

¡Qué pena me da!

este mal talante tuyo,

de un extremo radical,

tanto me da que pensar.

Y para colmo, tu frase,

estas palabras tuyas,

dichas esta misma noche:

“yo es que no te quiero ya”.

Amnistía (Número 166) Soneto

Triste, con mis ojos en tu ventana,

observante de tu conversación,

me abrazo a la desilusión,

mi exposición a quizás mañana.

Con mi bestial exhalación humana,

con haz de mi luz a tu compasión,

por ruín callejón, sin

dilación,

avispada mi enfermedad emana.

Justo en mi cárcel tu amargor,

a diario, víctima de tu penal,

vencida por desaires sin tu amor.

Tullida por la quietud terminal,

dueña de tus escenas de actor

y amante de mi dolor triunfal

Impacto (Número 160) Soneto

En mi alma, sangre con fría candela,

con sufrimiento de mi esternón,

con el catéter de tu alta tensión

mi creación, tu cara de canela.

En tu búsqueda por la ciudadela,

en tan recóndita

superstición

y dentro del mar de la perdición,

con el caos de las noches en vela.

Los besos de tu olvido,

patraña

con la necedad de tu

embestida,

mortíferos abrazos de tu maña.

El maleficio cerca de mi

vida,

tantos sinsabores con tu calaña

que me hunde tu desamor

suicida.

Intensidad (Número 159) Soneto

Y este escozor dónde se halla,

un escozor cerrado y profundo

tan mortificador y moribundo,

sumo devastador de mi vitualla.

Un escozor máquina de mi batalla,

como un huracán de inframundo,

letal daño en un microsegundo,

para mi cuerpo, caliente metralla.

Válida parca de mis comprensiones,

con tanto pesar en tu testimonio,

rudo asesino de mis vastos dones.

Con tu amor de traición, tu

demonio,

huella de mis dormidas conexiones,

crispadas por tu disgusto esclavonio.