Imponente (Número 154) Soneto

Pétrea y difícil mi

retirada

de una jaula de barras con

estaño,

de una trampa cruel con tu

engaño,

tan constante en mi

corazonada.

Rollos de mentiras en tu

bancada,

con palabras y cuentos de

antaño,

con el viento de cada

travesaño,

colmo de tu pésima

chiquillada.

Condominio de mi

sofocación,

desbordante por tu vida

oscura,

mi letargo ante tu

desazón.

Tu desinterés, mi

degolladura,

con dolor en mi abatido

filón,

tú me llevas hasta mi

sepultura.

Soez (Número 153) Soneto

Mis ilusiones, fuera de tu

talla,

por el heraldo que hablas por

ahí,

mentiras y blasfemias sobre

mí,

la descortesía en tu

batalla.

Tu corazón, padre de una

muralla,

sordo al calor de mi

popurrí

después de que, por él, me

abatí,

tú posas tan indolente,

canalla.

Atónita por tu insulto,

ingrato,

extrema inquietud en esta

barraca,

soliviantada por ese

maltrato.

Pésima naturaleza,

opaca,

ciega por el llanto hacia tu

trato,

por el yugo de tu injusta

estaca.

Influencias (Número 140)

Alicaida me siento,

simbiosis de tu tormento,

postrada en tu mundano

y egoísta tesoro,

expletivo tesoro.

Con tu condimento

sobre mi cosmos,

ecuánime sedición

de nobles barcos,

indígena porteadora,

perdí,  secuazmente,

mi última batalla.

Y , sólo,

por dejarme influenciar

por la mentira de tu vida.

Resistencia (Número 132)

Entre cristales de tintes

nublados,

entre espejos lúgubres

malditos,

perdida en espacios

infinitos

de incontrolables

acantilados.

En espacios equívocos, sin

hados,

con momentos maleantes,

marchitos

y, por todos tus engaños

suscritos,

el trancazo a todos mis

candados.

Desventurada en cada

caída,

por tu abandono y tu

quietud,

virtual caleidoscopio de tu

huída.

Y con mi savia sin tu

plenitud,

con rasgados de una caza

vahída,

libérrima en mi

esclavitud.

Eclipse (Número 130)

Una estrellada noche de
febrero,
con tu falsa sonrisa
encubierta,
con cerrojos en tu alma, en su puerta,
con ese turbio lastre, tan
austero.

Tu engendro de triunfador
caballero,
tu batalla de reyerta en
reyerta,
tu ambición que te mantiene
alerta
en tu gran océano de
trolero.

Ideas de tu insignia
sigilosa,
con un falso beso
catapultado,
para ti, mi boca no es
candorosa.

Con mi cólera por tu
desagrado,
mi amiga, la tristeza
llorosa,
por tu insidia, distante de mi prado.

Hilos de seda (Número 111)

Y, hoy,

hilvano las heridas

de mi corazón

con hilos de seda.

Y aumenta mi dolor,

esta amargura,

tan pegada

en mi entraña,

con la dicotomía

del arretazo

que me provocas

cada vez que vienes a mí.

Por ello,

hilván tras hilván,

pienso,

no acercarme más a ti.

Y no me preguntes

el por qué de mi actuación,

viejas historias,

como las tuyas,

no tienen perdón.

Y tu ramalazo

de hombre bueno,

ya se ha muerto.

Y sólo me queda…

tu oscuridad.

En ese bar (Número 82)

Y, sobre mi cabeza,

el hastío de una mala noche,

comprimida, por el ruido

de las vociferantes palabras

que retumban en ese bar,

pasada, ya,  la medianoche.

Y con un vaso  de whisky

en mi mano,

mirando a su  hielo,

veo y toco mis penas.

Y la carga de mis penas

me ametralla  y

me deja sangrando

sobre la  triste barra

que sólo me conduce

a pensar en ti.

Y, por mi rostro, baja

lentamente una triste lágrima

por esa desesperación que

ha fusilado a mi alma.