Hoy, de funeral,
casi sola, me dirijo
a una estatua que mira,
mi cabeza, fijamente.
Con una voz poderosa
y triunfal le digo,
¡que me deje en paz!
¡que su extremo me la chifla!
¡que su poca vergüenza
no me domina!
¡que su lastre,
simple y traicionero
para este mundo,
lo dejo atrás!
¡que los pasos anteriores
no los vuelvo a dar!
¡que no retrocedo en mis
principios!
¡quevsu mente, retrógrada,
avanza
en una dirección tosca!
¡que clava puñales
por donde pasa!
¡que remata corazones
con alfileres venenosos!
¡que, con su lengua
musculosa,
destroza, la más decorosa
y radiante vida,
de pequeños seres!
¡Ellos piensan como yo!
simplemente,
¡ni marginan
ni vilipendian a otros seres!
Y con solo decir ¡basta!
no se detiene tal atrocidad
de locos y denigrantes.
Vuelta a empezar,
con este bálsamo dañino,
hasta en la médula,
de una víctima inocente
de esta interesada sociedad,
de naturaleza viva,
mas,
de alarmante mezquindad.
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