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Enfermiza (Número 199)

Hoy de funeral,

casi sola, me dirijo

a una estatua que mira

mi cabeza fijamente.

Y, con una voz poderosa

y triunfal le digo

que me deje en paz,

que su extremo me la chifla,

que su poca vergüenza

no me domina

y que su lastre,

simple y traicionero

para este mundo,

lo dejo atrás.

Y los pasos anteriores

no vuelvo a dar,

que no retrocedo en mis

principios.

Y que, su mente retrógrada,

avanza

en una dirección tosca

y clava puñales

por donde pasa.

Y que remata corazones

con alfileres venenosos.

Y que, con su lengua

musculosa,

destroza la más decorosa

y radiante vida

de pequeños seres.

Y, ellos, piensan como yo,

simplemente, no marginan

ni vilipendian a otros seres.

Y, con sólo decir basta,

no se detiene tal atrocidad

de locos y denigrantes.

Y vuelta a empezar,

con este bálsamo dañino,

hasta en la médula de una

víctima inocente de esta

interesada sociedad,

de una naturaleza viva,

mas,

de alarmante mezquindad.

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