Confianza,

entre las largas colas,

de una doctrina jocosa

que tú me cuentas, amor,

en mi lecho de muerte,

en mi agonía mortal,

en mi sombra,

penumbra de mi vida terrenal.

Pides que abra mis brazos,

no sé para qué será.

Me colma, tanta tristeza,

todo lo hago mal.

Ni una mano te doy,

entre, las rocosas luces

de mi ser,

¡caminante perdido!

Todo se me hace, tan duro,

¡arranca mi tremendo llanto!

Me cantas un bolero,

yo, solo sé resoplar.

Frente a este universo,

¡una absoluta verdad!

Me persigue

un bicho, muy feo,

con orejas grandes,

desfasadas,

con un sombrero negro,

cubierta su cara,

con unas manos peludas,

en la oscuridad nocturna.

Me asusta su aura negra,

le he puesto una zancadilla,

su dalla, ¡fuera!

ahora, todo tan diferente.

Al descubierto,

su inigualable cara,

la vergüenza, lo señala.

Se ha difuminado el negro,

el cambio, a gris claro.

Le ha dado tanto corte

y, entre los cedros del bosque,

su evaporación.

Dame tu mano, amor mío,

¡ya estoy descansando!

Ese bicho se ha ido,

¡ya estoy en tus brazos!

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