Y es la hora

de los poetas encantados

que no duermen,

ni de día ni de noche,

en la búsqueda,

de un ramalazo de

inspiración

que nutra su poema,

con la efervescencia del día

y que le impregne

un toque de nenúfar

trenzada

de una noche sonámbula.

Y, como  poeta,

aprovecha para hablar,

con su musa,

de sus más íntimos secretos.

Y ese poeta,

tarde o temprano,

lo consigue, llega

a ser consciente de su musa.

Y le habla.

Y le pide.

Y le ruega.

Y le da su amor.

Y le da su desamor.

Y ríe con ella.

Y llora con ella.

Y todo por ella.

Silencio, llega la noche para

el poeta y su musa… sigilosa

se despierta.

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