Rocío silvestre (Número 1.220)


Cierro mis ojos, 

el viento, sobre mi cuerpo,

el olor a rocío silvestre,

mi cerebro,

mi pensamiento, no rehuye,

un momento de gozo

por estos canales, incandescentes,

de unas hormonas pletóricas,

en este lugar,

hasta el fondo de mi ser,  derribado,

todo, por llegar libre,

a esta posición de mi vida,

todo, por llegar,  con mi condecoro,

en principal lugar con una nutrida cabeza, al descubierto,

por aquel berrinche que tuve contigo,  superado, con creces,

cual loba marina,

en los cipreses,

del tórrido cementerio,

al que llegué, después,

de una ruptura de puentes y puentes. Me recompuse, con mayor fuerza,

con la humildad,

de aquella limpieza.

Ascendí donde nadie me lo quita,

sin el problema, de no ver,

lo que me imponía,

la delicadeza del momento,

del lugar donde me hallo ahora,

sin ti,

en mi mejor momento…

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